España aparece en la historia contemporánea como el lugar donde el anarquismo adquirió un mayor arraigo, a pesar de no contar con figuras de la talla de Bakunin, Kropotkin, Reclús o Malatesta. Los libertarios españoles influyeron de manera decisiva en el movimiento obrero y en la mentalidad de las clases populares al menos hasta 1939, y sus organizadores tuvieron un indudable peso en los acontecimientos sociales y políticos de finales de siglo XIX y primer tercio del XX.
Varias han sido las interpretaciones dadas, desde las psicológicas, en las que se destaca la peculiaridad de los españoles que rechazan todo tipo de autoridad y jerarquía hasta las economicistas, por las que se vincula esta ideología a una estructura agraria de campesinos sin tierra - El caso andaluz - o a una industria como la catalana, dispersa, con fabricas y talleres de pocos obrero. También se ha señalado la influencia ejercida por el federalismo en un Estado centralista con problemas de reivindicación nacionalista, en especial en Cataluña. Sin embargo, hoy es necesario matizar varias cuestiones. El anarquismo español no fue en todo caso un movimiento uniforme; dentro de él se acogen tendencias diferentes: marxistas heterodoxos - lo que hoy llamaríamos socialistas -, reformistas, que pretendían cambiar la sociedad y encontraron en la Confederación Nacional del Trabajo -CNT- o en la prensa libertaria, un cauce para la expresión y defensa de sus ideas. Las dimensiones de los distintos grupos son parecidas a las d sus homólogos, pero supieron permanecer vinculados al movimiento obrero y mantener el control de una central sindical.
La mayoría de las organizaciones surgieron en núcleos urbanos industriales, Barcelona, Valencia, Alcoy, Tarrasa, Sabadell, Gijón o en ciudades con una importante capacidad administrativa, comercial o de servicios, como La Coruña, Sevilla o Zaragoza, y desde ellas irradiaron a otros pueblos y comarcas, pero manteniendo siempre la hegemonía. Incluso el pretendido anarquismo andaluz, tuvo casi siempre unas perspectivas reivindicativas concretas - mejoras de las condiciones de trabajo, mejor salario, jornada de ocho horas, etcétera - y el insurreccionalismo de ciertas comarcas como en Jerez o Córdoba, puede conectarse con el del sur de Italia y está vinculado a los cambios sociales y económicos del campo a finales del siglo XIX, donde una gran masa de campesinos no propietarios, en una agricultura comercial poco mecanizada, pugnaba, en parte por la presión demográfica, contra los dueños de las tierras por mantener el empleo o aspirar al reparto de las mismas.
Es en este contexto donde se extienden el ideal de la Acracia y se adapta a la mentalidad de los jornaleros, generalmente analfabetos, que recibían las palabras esperanzadoras de un nuevo orden por parte de unos líderes carismáticos que hacían de misioneros, trasladándose de pueblo en pueblo. Ha sido esta forma ancestral de expansión de sus teorías la que ha servido para acentuar el pretendido carácter semirreligioso y utópicas de los anarquistas andaluces, que impulsaron, por otra parte, sindicatos agrarios esporádicos, poco estables, producto más bien de las coyunturas sociales o políticas.
En 1932, en plena II República, La Voz del campesino, de Jerez de la Frontera, insistía en que es urgente la Federación Nacional de Campesinos y quizá hoy más que nunca, dado los problemas que hoy tiene planteado el organismo confederal - CNT- frente a la actitud del gobierno republicano socialista. Y desde Tierra y Libertad de Valencia, El 20 de agosto de 1935, Piojan volvía sobre el tema: "Cuántos pueblos, cuántas aldeas, hay que no saben que existe la Confederación Nacional, esperanza del proletariado consciente, por no haberles mandado un solo acto ni un simple periódico confederal".
Llega Fanelli: Los orígenes del anarquismo español se remontan a la visita que en 1868 hizo el italiano Giusseppe Fanelli, un hombre de la internacional, a varias ciudades, Barcelona, Madrid, Valencia, principalmente. Había triunfado la Gloriosa revolución que destronó a Isabel II, y abría un periodo constituyente que permitía la libertad de reunión y asociación como en ningún otro período anterior de la historia contemporánea de España. En enero de 1869 se constituyó un núcleo provisional de la AIT en Madrid, compuesto, entre otros, por el zapatero y luego cantante de zarzuela Francisco Mora, el grabador González Morago y el tipógrafo Anselmo Lorenzo. Igual hicieron en Barcelona el tipógrafo Rafael Farga Pellicer, el médico Gaspar Sentiñon y dos estudiantes andaluces, García Viñas y Trinidad Soriano, junto a otra secreta de la Alianza.
En aquel tiempo republicanismo y movimiento obrero caminaban estrechamente unidos y la prensa republicana servía como cauce de las reivindicaciones de los trabajadores. Así, personajes como Pi i Margall - difusor de Proudhon - o Fernando Garrido conectaron con los primeros internacionalistas. Ya al congreso de la Internacional de Bruselas del año 1868 había asistido el catalán Marsal Anglora, maquinista, bajo el seudónimo de Sarro Magallán, y un año después, al de Basilea, irían Farga Pellicer y Gaspar Sentiñon.
En 1870, en el primer Congreso Obrero Nacional, quedó constituida oficialmente la Federación Regional Española - FRE - de la AIT. Las gestiones de Fanelli habían dado su fruto y la mayor parte de aquellos primeros dirigentes aceptaron las tesis bakuninistas, especialmente el apoliticismo, aprobadas sin dificultad. La prensa obrera empezó a difundirlas a través de La federación de Barcelona, o La solidaridad de Madrid.
En el III Congreso de la FRE en diciembre de 1872, celebrado en Córdoba, la mayoría bakuninista se vincula a la Internacional surgida de Saint-Imier, sustituyéndose el Comité Federal, tachado de centralista, por una Comisión Federal, que residiría hoy en Alcoy.
Sagasta, primer ministro de Amadeo de Saboya, ordenó a los gobernadores civiles la disolución de la internacional acusada de se la utopía filosofal del crimen. Era la consecuencia del triunfo del Gobierno en el Congreso de los Diputados ante una interpelación sobre la ilegitimidad de la Internacional. Si embargo, el fiscal del Tribunal Supremo, Eugenio Díez, dirigió una circular a las audiencias en la que interpretaba que, de acuerdo con la constitución, no podía perseguírsela.
En 1873, durante la I República, se produjo la insurrección de Alcoy protagonizada por los trabajadores textiles y dirigida por los internacionalistas. Pedían la disminución de la jornada de trabajo y aumento salarial. Los hechos se precipitaron cuando una delegación de obreros fue tiroteada al salir de entrevistarse con el alcalde, quien resultó apaleado por la muchedumbre y varios edificios incendiados.
Con la reinstalación de la monarquía borbónica en la persona de Alfonso XII en 1875 la Internacional fue estrechamente vigilada y perseguida, al igual que el resto de Europa y América. Disperso el movimiento obrero tras el congreso de Veviers, los anarquistas quedarán arrinconados y entrarán en un periodo de recomposición y enfrentamientos ideológicos.